Tal como ingenuo niño honesto, inquieto y vehemente, accedí a tus enredados encantos. Sin motivos te enjuicié, me animé, te conocí y me enamoré con presura y contundencia.
Poseyéndote ya como ocupación dominante en mi inmaturo trazo de vida, desposeído de todo vestigio y cordura y privado de experiencia alguna, me entregué íntegro a tu universo confuso y desconocido.
¡Creí que lo eras todo y dejé todo por creerlo!
Grave error, morosa premisa. Hoy acentuado precepto.
Imposible de olvidar los hechos que enmarcaron mi adolescencia e indiscutiblemente definieron mi carácter.
¿Pero cómo habría de presentirlo yo, tan inepto joven? ¿En qué lugar de mi fiada actitud, incorporaría insigne desengaño? ¿Con qué improvisada arma me defendería ante tal arcana e imperiosa agresión? ¡Que fatal desilusión, brutal porrazo con la realidad! Desarrollo forzado. ¡Cuanta aflicción!
Tanto lloré que consumido y vacío fui áspero y apático.
Pero fue una etapa tan solo, que me ha dejado como efecto/enseñanza la marcada templanza y tenacidad, la importancia de la perseverancia, y la perdida esperanza como única política de conducta.
Hoy me encuentro agradecido con mi historia, porque con cada curva dada me condujo a quién soy en esencia.
Retribuyo mi carácter a los hechos que me curtieron, cual cuero de animal, cual ilustre enseñanza...